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«EL CATECISMO DEL REVOLUCIONARIO»

(Estudio de "vidas paralelas" en el que sólo se presenta una, y donde el lector puede poner las que no se analizan aquí)



                                                                                          «El odio como factor de lucha, el odio
                                                                                          intransigente al enemigo, que impulsa
                                                                                          más allá de las limitaciones naturales
                                                                                          del ser humano y lo convierte en una
                                                                                          efectiva, violenta, selectiva y fría
                                                                                          máquina de matar. Nuestros soldados
                                                                                          tienen que ser así».


                                                                                          Ernesto Che Guevara
                                                                                   "Mensaje a la Tricontinental"
                                                                                   (Bolivia, mayo de 1967)

Para entender al que procura un cambio violento en las instituciones políticas de un país, sus métodos y la lógica que esgrime para lograr sus fines, es necesario adentrarse en su manera de razonar y en su ética. Cristo y Confucio fueron revolucionarios; y lo fueron también, de otra especie, que es la que aquí interesa, Mao, Hitler, Stalin y Pol Pot.

Un error frecuente en el aprecio de un revolucionario, o en predecir sus actos, parte de ignorar su escala de valores y su sicología, y de suponerlo igual a los otros miembros de la sociedad. El revolucionario suele conocer mejor el mundo burgués que quiere destruir, que lo que de él conoce su enemigo. Y ésa es una ventaja sobre quienes se le oponen. Hay una moral revolucionaria y una moral burguesa, o dicho de otra manera, lo que es inmoral para la mayoría, dentro de la tradición, o censurable, puede ser lo moral para el revolucionario. No importa que sus preferencias estimativas sean sólo un disfraz para encubrir complejos, frustraciones o egoísmos, lo que mueve en último término al revolucionario es el fin que dice perseguir, resumido en un programa que justifica los medios para llegar a él.

*

La práctica de que "el fin justifica los medios" es tan antigua como la humanidad. El primer homicida, Caín, vio que la ofrenda de Abel era más grata a Dios que la suya y, para ganarse el favor divino, se le ocurrió asesinar al hermano. El fin, en sí, era noble; el procedimiento, execrable. "La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra", le dijo Dios, quien lo condenó al peor castigo: al miedo, el que lo llevaría a huir temeroso siempre de la venganza por el crimen.

Hace dos mil años Ovidio, el poeta de El arte de amar, consagró el precepto con la afortunada economía latina: "Exitus acta probat": el resultado que se persigue sanciona con su mérito la acción. Si para lograr el objeto amado hay que recurrir a procedimientos que no se podrían disculpar en otra actividad, según Ovidio, están permitidos: "Exitus acta probat".

A principios del siglo XV Dietrich (Teodorico) von Niehem (1340-1418), historiador que el papa Bonifacio IX nombró obispo de Verden, en Alemania (según cuenta de él The New International Dictionary of the Christian Church), escribió en defensa de la ortodoxia católica su De Schismate Libri (III, 1411), y tal como lo cita en Darkness at Noon Arthur Koestler, en la traducción de Daphne Hardy (1941), dijo: "Cuando está amenazada su existencia, la Iglesia queda libre de toda restricción moral. Con el fin de la unidad de los fieles, todos los medios están santificados, todos los ardides, traiciones, violencias, simonías, encarcelamientos y muertes, puesto que las reglas protegen al grupo, y el individuo tiene que sacrificarse para garantizar el bien común".

*

En 1532, cinco años después de la muerte de su autor, se publicó en Roma El Príncipe, de Maquiavelo. Por diversos motivos las recomendaciones del famoso florentino vinieron a consagrar en política el principio de que los medios, por inmorales que fueran, estaban justificados por el fin que pretendían. Afirmaba Maquiavelo que el éxito del gobernante tenía que lograrse de cualquier manera, incluyendo la traición, la intriga y el asesinato. El gobernante "no debe preocuparse de la fama de cruel cuando la crueldad se necesita para mantener la unión y la obediencia de sus súbditos"; y al tratar de lo que el príncipe había prometido, dijo que no estaba obligado a cumplirlo cuando fuera en contra de sus intereses o hubieran cambiado las circunstancias en que prometió; un gobernante, concluía, se verá obligado a actuar contra sus creencias, contra la caridad, contra lo humano, contra la religión ("contro alla fede, contro alla carità, contro alla umanità, contro alla religione"). Lo importante para Maquiavelo, como después para Nietzsche, era lo que llamaba virtù, algo como lo eficaz, ajeno a la moral.

Ocho años después de la publicación de El Príncipe, también en Roma, el papa Paulo III, confirmó la orden de los jesuitas. Además del término "maquiavelismo", el otro que llegó a identificar la práctica de que el fin justifica los medios se iba a llamar "jesuitismo" —el Diccionario de la Lengua da el adjetivo "taimado", que es el astuto, y el que está siempre al acecho de cuanto le rodea, como sinónimo, en lenguaje figurado y familiar, de "jesuita; y en la primera edición (1881) del Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, Roque Barcia da como "jesuitismo", como "metáfora" y "familiar", la "coducta simulada" y la "hipocresía". Es curioso, sin embargo, que la campaña contra Maquiavelo la inició la Compañía de Jesús, y fueron los jesuitas los que lograron que el papa pusiera sus obras en el Índice de los libros prohibidos. No era, por supuesto, debido a que Maquiavelo recomendara prácticas tortuosas para lograr un fin, sino por las denuncias que hizo de las ambiciones territoriales del Vaticano, obstáculo mayor para la independencia nacional.

El lema de los jesuitas es "Ad majorem Dei gloriam" (A mayor gloria de Dios), y así puede entenderse que son legítimos cuantos medios a los ojos de ellos sirvan para ampliar la gloria divina. Cuando en 1549 San Ignació envió a varios padres para defender la Santa Sede en Alemania, y para fundar colegios, les hizo una serie de recomendaciones que reflejan lo que se llegó a conocer como "jesuitismo"; además de confiar en Dios y de hacer actos de caridad y orar, les dice en carta del 4 de abril, "pongan con diligencia todos los otros medios que sean oportunos... Tengan y muestren a todos afecto de sincera caridad, y principalmente a los que tienen más importancia... Donde haya facciones y partidos diversos, no se opongan a ninguno, sino que muestren estar como en medio y que aman a unos y a otros... Procurar conservar la amistad y benevolencia con los que gobiernan. Para lo cual ayudaría no poco si el Duque [de Baviera, Guillermo IV] y los principales de su casa se confesasen con ellos [con los jesuitas]... Tener con esta clase de hombres [aquéllos de quienes puede esperarse el mayor bien y cuya amistad más se debe desear] mucho trato y familiaridad por la misma causa, aunque en ocasiones haya que inclinarse algo a lo humano, condescendiendo con el natural de los hombres... Empléense en las obras piadosas que más se ven, como de hospitales y cárceles... Acomódense a los ingenios y afectos de las personas... De tal modo defiendan la Sede Apostólica y su autoridad, que atraigan a todos a su verdadera obediencia; y por defensas imprudentes no sean tenidos por papistas..."

Jamás, sin embargo, recomendó San Ignació de manera explícita, como Maquiavelo, medios inmorales para lograr la propagación de la fe y el crecimiento de la orden, pero la creencia de que cuanto se hacía era para la "mayor gloria de Dios", llevó, entre otros excesos —aparte de los beneficios de la orden al adelanto de la humanidad—, a un crudo relativismo ético con el auxilio de la casuística y del posibilismo, entendido éste como probabilidad de aceptación por una o varias autoridades —a la "morale relâchée" de que habló Pascal en sus cartas Les Provinciales, en 1657. Tanto el "maquiavelismo" como el "jesuitismo", por distintos caminos, vinieron a definir la práctica de justificar los procedimientos en función de lo que con ellos se iba a obtener: el triunfo político en uno, y en otro el triunfo espiritual.
Puede parodiarse la frase de Madame Roland sobre la libertad, y exclamar: ¡Cuántos crímenes se han cometido a nombre de fines que se suponen buenos! Si el que va a manejar los medios es el mismo que valora el fin, basta que le encuentre justificación para imponer los que cree apropiados. Dijo Hitler: "Cuando nuestra raza está en peligro de ser oprimida, la legalidad de cómo se impide la opresión es un asunto secundario... Yo puedo firmar cualquier cosa, suscribir cualquier tratado hoy y romper fríamente mi compromiso mañana si el porvenir del pueblo alemán está en peligro". Trosky opinaba que el jesuitismo era condenable toda vez que era empleado por las fuerzas conservadoras, pero que cuando lo ponían en práctica los movimientos progresivos se hacía justicia con él; Fritz Brupbacher, en Michel Bakounine, ou le démon de la révolte, en la traducción de Jean Barrué (1971), reproduce la palabras de Trotsky: "Tous les moyens sont bons quand ils sont efficaces", y comenta el autor: "La balle dans la nuque, si elle est fasciste, c'est un crime, mais si elle est communiste, c'est un belle action". Y en una obra de Bertoldt Brecht, en "Las medidas tomadas", una Lehr-stücke, como solía llamar a esos actos con música, el "Coro" resume el programa de todo dogma totalitario y los procedimientos de quienes lo defienden, tan de acuerdo con lo que hasta aquí se ha expuesto; dice: "El que lucha en favor del comunismo debe ser capaz de luchar y de no luchar, de decir la verdad y de mentir; de ayudar y de negar la ayuda; de prometer y de incumplir las promesas; de arriesgarse y de evitar el peligro; de darse a conocer y de ser desconocido. El que lucha en favor del comunismo tiene, de todas las virtudes, sólo una: que lucha en favor del comunismo". Los medios, otra vez aquí, no tienen jerarquía por sí mismos: el fin impone toda valoración positiva.
Albert Camus, en L'homme révolté (1941), rechazó con acierto la validez universal de la norma por la que el fin justifica los medios; se preguntaba: "¿Justifica el fin los medios?" Y respondía con otra pregunta: "¿Pero quién justifica el fin?", y contesta el rebelde: "Son los medios los que justifican el fin". Es decir, no es en la bondad de lo que se persigue donde se justifica la manera de lograrlo, sino todo lo contrario, son los medios que se usan para obtenerlo los que justifican el fin. Es la misma opinión de Milovan Djilas en La nueva clase (1957), donde dedica todo un capítulo a analizar el problema para concluir: "Lo que de verdad justifica el fin que uno se propone, lo que justifica los esfuerzos y sacrificios que cuesta llegar a él, son precisamente los medios: su constante perfeccionamiento, su humanidad, la siempre creciente libertad que los acompaña". Así, los medios buenos son los que hacen buenos los fines, mientras que los medios inmorales, en igual proporción, hacen inmoral lo que procuran, y, por ende, a quien los pone en práctica; o como lo resume Louis Fischer en el libro The God that Failed que preparó Arthur Koestler en 1949: "Immoral means produce immoral ends —and immoral persons— under Bolshevism and under capitalism".

El catecismo del revolucionario

En todas las épocas, con diferentes excusas, se ha recurrido a ese cómodo precepto de que "el fin justifica los medios". El objetivo siempre es el mismo, aunque con diferente disfraz: el poder, en escenarios diversos: la guerra, los negocios, la religión; el impulso nace de la creencia de que se posee una verdad absoluta: un dogma. Lo que ha cambiado en nuestra época son los medios, su alcance, en la política. Por vez primera en la historia, la violencia, reservada sólo para el enemigo, se propuso usarla también contra miembros del mismo partido: la traición, la perfidia, la mentira, el chantaje y el crimen. No quiere esto decir que antes no se hubieran empleado así dichos medios, pero jamás se postularon de manera abierta como un programa de acción. Es la violencia dentro de la violencia, expuesta en "El catecismo del revolucionario", del ruso Sergei Nechaev, muerto en 1882 en la cárcel Petropawlouski, en San Petersburgo. Las ideas Nechaev son las que han dado fundamento a los sistemas totalitarios de este siglo, y, unidas a las de Marx, al totalitarismo marxista-leninista. "Russian historians investigating Nechaev's life, his principles and his ideas", ha dicho Michael Prawdin [Charol) en su The Unmentionable Nechaev, a Key to Bolshevism (1961), "came to the conclusion that Bolshevism had really taken the road the Nechaev have shown", por lo que es legítimo considerarlo "the father of Bolshevism".
Nechaev no es una figura bien conocida ni por los revolucionarios ni por los enemigos de la revolución. Los primeros, aunque sin saberlo, abrazan su doctrina, y si lo llegan a conocer lo tratan con disimulo por la escandalosa crueldad de sus métodos (Stalin tenía en secreto un ejemplar de la primera edición de "El Catecismo"en su biblioteca); los otros, sin darse cuenta de su estatura en el mundo de la violencia, por regla general ni saben que existió. Lo importante en Nechaev es que su obra y su vida ponen en evidencia el pensamiento y las prácticas del revolucionario radical de nuestro tiempo.

"El catecismo del revolucionario" se repartió en 1870 entre los partidarios de Nechaev; dos años más tarde se tradujo al francés por los marxistas para desacreditar el anarquismo; y otra vez apareció en ruso en 1906 y en 1924. La primera traducción al inglés es de 1939, en el libro de Max Nomad, Apostles of Revolution, y en 1957 en el de Robert Payne, The Terrorists; y entre 1969 y 1971 el Black Panther Party hizo tres ediciones en Berkeley, California, con una introducción de Eldridge Cleaver, quien dijo en Soul on Ice que se había "enamorado" de la doctrina de Nechaev y que puso en práctica sus rudezas al tratar a los demás; otra es de Londres, de la Kropotkin Lighthouse Publications; y también sirvió de guía para el Ejército Rojo y los miembros del Symbionese Liberation Army.
En cuatro secciones está dividida la parte de "El Catecismo" que aquí interesa, donde se prescriben "La reglas de conducta del revolucionario": en la primera se expone cuál ha de ser "la actitud del revolucionario respecto a sí mismo"; la segunda, en relación con "sus camaradas"; la tercera, respecto a la sociedad; y la última, con "el pueblo" (en un sentido más amplio, la nación). Puesto que no se ha podido conseguir para este trabajo una versión en español de "El Catecismo", los pasajes que siguen son traducciones de lo que aparece en el libro de Michael Confino, Violence dans la violence; le débat Bakounine-Ne_aev (1973); y de la versión en inglés del libro de Philip Pomper, Sergei Nechaev (1979):

I.- 1) El revolucionario es un hombre en principio ya condenado. No puede tener ni intereses particulares, ni asuntos privados, ni sentimientos, ni amistades, ni pertenencias, ni siquiera un nombre. Todo lo somete a un solo interés con exclusión de otro, a un pensamiento único, a una pasión: la revolución.
2) En el fondo de su ser, no solamente en palabras, sino en actos, rompe todo nexo con el orden público, con el mundo civilizado, con las leyes, con las convenciones sociales y las reglas morales. El revolucionario es un implacable enemigo de ese mundo, y continúa viviendo en él con el único propósito de destruirlo.
3) El revolucionario... no conoce más que una ciencia, la ciencia de la destrucción... Su fin no es más que la destrucción más rápida del inmundo régimen al que se opone.
4) El revolucionario detesta la opinión pública. Desprecia la moral actual de la sociedad en todas sus formas y manifestaciones. Para un revolucionario es moral todo lo que contribuye al triunfo de la revolución, y es inmoral y criminal todo lo que la detiene.
5) El revolucionario es un hombre perdido, sin piedad ante el Estado y ante la sociedad instruida... Entre él, de una parte, y el Estado y la sociedad, de la otra, existe una guerra, visible o invisible, pero permanente e implacable: una guerra a vida o muerte. El revolucionario debe aprender a resistir la tortura.
6) Severo consigo mismo, debe de ser igualmente duro con los otros. Todos los sentimientos tiernos que afeminan, como los lazos paternos, la amistad, el amor, la gratitud, el honor mismo, deben sustituirse por la fría y única pasión de la causa revolucionaria. Para él no hay más que una sola alegría, un solo consuelo, una sola recompensa y satisfacción: el triunfo de la revolución. Noche y día no debe tener más que un pensamiento, un solo objetivo: la destrucción sin piedad. Aspirando fría e infatigablemente a ese fin, tiene que estar dispuesto a perecer y a destruir con sus propias manos todo lo que demore el triunfo revolucionario.
7) Su verdadera naturaleza debe excluir todo romanticismo, toda sensibilidad, entusiasmo o deseo. Ella excluye hasta el odio y las venganzas personales. La pasión revolucionaria llega a ser en él una segunda naturaleza, y en cada instante debe estar ligada a un cálculo frío. En todas partes y siempre no debe seguir sus inclinaciónes sino todo lo que es de interés general para la revolución.

II.- 8) Sólo el que ha probado con actos que es un revolucionario como él, puede llegar a ser su amigo y camarada. El grado de amistad y de devoción estará determinado únicamente por el grado de utilidad en favor de la causa de la revolución real y destructiva". [...]
11) Cuando cae un camarada, el revolucionario, al decidir si lo salva, no debe tomar en consideración sus sentimientos personales, sino nada más que el beneficio de la causa de la revolución. [...]

"III.- 13) El revolucionario no se introduce en el mundo político y social, en el mundo que se dice instruido, ni vive en él sino con la fe de su más completa y pronta destrucción. No es un revolucionario si tiene compasión de algo en ese mundo. Él debe poder destruir las situaciones, las relaciones y las personas que pertenecen a ese mundo... No es un revolucionario si algo le detiene la mano. [...]
14) Con el propósito de la destrucción sin piedad, el revolucionario puede, y con frecuencia debe, vivir una vida normal en sociedad, simulando ser lo que no es. El revolucionario tiene que penetrarlo todo, en todas las clases sociales. [...]
15) Esa sociedad inmunda debe ser dividida en varias categorías. La primera está formada por los que sin demora están condenados a muerte. [...]
16) En la preparación de esa lista, y la que después sigue, el revolucionario no debe guiarse por la maldad de la persona, ni por el odio que se le tenga. La maldad y el odio pueden en parte y de manera temporal ser útiles para excitar la revolución popular. Uno debe guiarse por la cantidad de beneficios que le traiga a la causa revolucionaria su muerte. De esta manera uno debe destruir primero a los que dañan la causa, y cuya muerte inmediata y violenta puede generar miedo en el gobierno que así queda privado de una figura enérgica e inteligente.
17) La segunda categoría debe incluir a aquellos individuos a los que se les concede vivir de manera provisional a fin de que con sus actos monstruosos empujen al pueblo a una rebelión. [...]

IV.- 22) La Asociación [revolucionaria] no tiene otro objetivo que la completa liberación y felicidad del pueblo, de la clase trabajadora. Pero con el convencimiento de que esa liberación y el logro de esa felicidad no son posibles más que por medio de una revolución popular que tiene que destruirlo todo, la Asociación se dedicará con todas sus fuerzas y recursos a desarrollar y extender las desgracias y los males que deben agotar la paciencia del pueblo a fin de empujarlo a un levantamiento popular. [...]
23) Por "revolución popular" no entiende la Asociación un movimiento reglamentado y según el modelo clásico de Occidente... La única revolución que puede salvar al pueblo es la que destruya radicalmente el Estado y que suprima todas las tradiciones y estructuras estatales que operan en la sociedad clasista de Rusia. [...]
24) Nuestra misión es la destrucción terrible, general, sin piedad y sin contemplaciones (del Estado y de la sociedad). [...]
25) Por lo tanto, para acercarnos al pueblo, debemos unirnos a ese segmento de la población (que ha sufrido) de la aristocracia, la burocracia, el clero; contra los comerciantes, los latifundistas y los campesinos ricos y explotadores. Debemos unirnos al atrevido mundo de los delincuentes, los únicos auténticos revolucionarios en Rusia...

Nechaev

Sergei Gennadievich Nechaev, autor de "El catecismo del revolucionario", nació en un pueblicito a unas 200 millas al nordeste de Moscú, el 20 de setiembre de 1847. Su padre era un pintor de brocha gorda y su madre una costurera, ambos siervos, lo que hizo al hijo el primer revolucionario de cierta importancia de origen plebeyo. Nechaev exageraba la humildad de su origen para mejor impresionar a sus seguidores, y dijo que sus padres habían pasado grandes necesidades y que él consumió su juventud luchando contra el hambre y la miseria. La mayoría de los que conspiraban contra el gobierno del zar eran nobles que sentían culpa por los vergonzosos privilegios de su clase y por los atropellos e injusticias de las autoridades contra el resto de la población.
Poco a poco Nechaev aprendió a leer y escribir y, a los 18 años, se fue a San Petersburgo donde logró emplearse en una escuela primaria enseñando religión. En 1868 empezó a asistir a la universidad donde se familiarizó con estudiantes anarquistas y socialistas, y con el extremismo de organizaciones que propugnaban los métodos más crueles para lograr sus objetivos, en particular la "Joven Rusia", heredera de la "Joven Italia" no sólo en el nombre sino también en su programa y sus métodos de lucha: "Los destruiremos [al zar, su familia, sus amigos y partidarios] en las plazas, si los cobardes cochinos se atreven a ir allí. Los destruiremos en sus casas, en las callejuelas de las ciudades, en las anchas avenidas de la capital y en los pueblos. Recuerden que, cuando suceda esto, todo el que no esté con nosotros estará contra nosotros, y será un enemigo, y que todos los métodos serán usados para destruir el enemigo". Y también llegó a Nechaev la influencia del llamado Círculo de Ishutin, en particular del grupo selecto de sus miembros llamado "Infierno", quienes tuvieron un programa que anunciaba "El Catecismo", autorizando los robos (que llamaban "expropiaciones"), el fraude, el chantaje, la denuncia de inocentes y el asesinato. Un miembro de esa organización, llevado por el entusiasmo revolucionario, pensó en matar al padre para entregar su herencia al Círculo.
Otra influencia mayor que operó sobre Nechaev, y sobre esa generación de 1860, fue la novela de Nikolai Tchernuishevsky, Una pregunta vital: ¿Qué hacer? (de la que tomó el título Lenin para su estudio de 1902, además de mucho de su fervor revolucionario), publicada en 1863, en la que uno de los personajes, Pavel Rajmetev (junto a otros de parecidas condiciones, como la Vera Pavlovna, en su lucha por emanciparse de los prejuicios de su familia burguesa) era "la gente nueva", de vida ascética sufriendo todo tipo de privaciones en preparación para los sacrificios que habrían de lograr la transformación de Rusia: lo que después llegaría a conocerse como "el hombre nuevo". La idea del hombre nuevo, expuesta por Marx como producto de la fase superior del comunismo, lo presentaba cercano al revolucionario de Nechaev, ajeno a intereses personales, desasido de la humana naturaleza: un capricho de la contrahecha fantasía del reformador, creada a su imagen y semejanza. Para endurecerse, Pavel comía carne cruda y dormía en una cama con clavos. No tenía vida personal, ni amigos, ni mujer, ni lazos de familia para que nada pudiera distraerlo de su compromiso con la revolución. El personaje de la novela era brusco y grosero para distanciarse del medio que se proponía destruir, y no acataba las formalidades ni las convenciones sociales.
Tchernuishevsky, hijo de un religioso del pueblo de Saratov, en el Volga, se convirtió con esa novela en el héroe adorado de su generación, y aun de muchos radicales que vinieron después: en su tiempo se llegó a decir que los tres hombres más grandes de la humanidad habían sido, Cristo, el apóstol San Pablo y Tchernuishevsky, también por su ascetismo y por su valor ante la condena que le impusieron en Siberia. Tchernuishevsky creó el Pavel de su obra a partir de otro, real, del mismo nombre y de un apellido cercano (Pavel Bajmetev), de familia acomodada, que viajó durante dos años por Rusia empleándose en labores comunes para identificarse con la pobreza, y luego donó su herencia a Alexander Herzen, el escritor ruso, revolucionario, también de noble linaje, el cual introducía desde Londres en su país la revista Kolokol para combatir al Zar.
A principios de 1869 Nechaev hizo creer a sus amigos que había sido arrestado pero que pudo escapar de la cárcel, y con ese falso historial se refugió en Suiza, donde engañó a Mijail Bakunin, el conocido líder anarquista, haciéndose pasar como representante de un comité revolucionario de estudiantes rusos. Bakunin se entusiasmó con Nechaev y le escribió a un amigo: "Tengo aquí conmigo uno de esos fanáticos jóvenes que no duda de nada ni teme nada... Son una especie de creyentes sin Dios, y de héroes sin retórica..." Juntos escribieron varios manifiestos urgiendo a la juventud rusa a rebelarse, y en el verano de ese 1869 terminaron de escribir "El Catecismo", sin que se haya podido determinar con exactitud cuánto en él es de Bakunin y cuánto de Nechaev, o si es sólo de éste último, como parece lo más probable según opinión de sus biógrafos.
Armado con ese programa, Nechaev regresó a Moscú para formar un grupo que iba a dirigir un alzamiento a principios del siguiente año, al cumplirse el noveno aniversario de la emancipación de los siervos. Uno de los complotados, un tal Ivan I. Ivanov, objetó los métodos de Nechaev, y el propio Nechaev, en presencia de cuatro de sus compañeros, quienes así quedaron cómplices del crimen, le disparó un tiro en la cabeza. Dostoyevski hizo del episodio el centro de su novela Demonios, una denuncia del peligro de esa juventud rebelde que pretendía destruir los fundamentos de la vida rusa. Aunque desmintió haber copiado de la realidad, la novela está basada en el asesinato de Ivanov; dijo a raíz de terminarla: "Mi Piotr Verjovenski no se parecerá en nada a Nechaev, pero creo que mi espíritu sobrecogido por el suceso, ha concebido, mediante la fuerza de la fantasía, una persona y un tipo adecuados a esa fechoría". A pesar de la aclaración del novelista, el joven Piotr es en mucho Nechaev: induce al crimen, aterroriza la población y destruye. En una oportunidad Dostoyevski anunció en Rusia una revolución "como nunca se había visto en la historia del mundo", por lo que al cumplirse en 1906 el 25 aniversario de su muerte se le calificó de "profeta de la revolución rusa", y también se dijo, y con razón, que Demonios fue un anuncio de lo sucedería en su país a partir de 1917.

El libertario y el liberticida

Los compañeros de Nechaev fueron a parar a la cárcel por el asesinato de Ivanov, pero él logró escapar para de nuevo reunirse con Bakunin. Las relaciones entre los dos, sin embargo, muy pronto empezaron a deteriorarse puesto que, entre otras razones, Nechaev se puso a desacreditar a Bakunin acusándolo de no tener ya, por sus años, ni la energía ni la dedicación necesaria para ser un buen revolucionario. Bakunin se resistía al jacobinismo de Nechaev por el cual pretendía, como luego hicieron los bolcheviques, la toma del poder por un grupo de revolucionarios que iba a establecer una dictadura; Bakunin abogaba por una revuelta popular masiva: "Estoy convencido", decía profético, "que todo otro tipo de revolución es deshonesta y dañina, y que llevará a la supresión de la libertad del pueblo". Al referirse a Nechaev en carta a amigos a quienes lo había antes recomendado, Bakunin escribió lo siguiente:

... Es verdad que Nechaev es uno de los hombres más enérgicos y activos que he conocido. Con referencia a lo que llama la causa [la revolución], no tiene ningún tipo de dudas, ni temor, y es tan cruel con los otros como consigo mismo... Es un fanático dedicado a la causa, pero al mismo tiempo un fanático muy peligroso, y toda asociación con él no puede ser menos que arriesgada... Él está convencido que para crear una activa e invulnerable organización hay que seguir una política maquiavélica y emplear métodos jesuitas: violencia al cuerpo y engaño a la mente... Todos los contactos personales, todos los sentimientos de amistad, todos los lazos de naturaleza privada son males que para Nechaev hay que destruir... Solo lo excusa su fanatismo. Aunque él no lo sabe, es tremendamente ambicioso, toda vez que en última instancia identifica el movimiento revolucionario con su propia persona. No es un egoísta en el sentido corriente del término toda vez que se expone a los mayores riesgos y vive la vida de un mártir, llena de privaciones. Es un fanático, y el fanatismo lo hace un jesuita y algunas veces simplemente un idiota...

A poco de ocurrir la separación entre Nechaev y Bakunin, la policía rusa logró apresarlo en Zurich, en 1872, y, deportado a Rusia, lo condenaron a veinte años de trabajos forzados. Desde su exilio Bakunin lamentó la suerte de Nechaev; escribió: "Nadie me ha hecho intencionalmente más daño que él, pero, a pesar de todo, me da pena. Era una persona de extraordinaria energía... pero su autoritarismo y su incontrolada terquedad fueron los que, lamentablemente, junto a su ignorancia y sus métodos maquiavélicos y jesuíticos, lo lanzaron al abismo..." (Es curioso que en la Great Soviet Encyclopedia, en la traducción de 1978, se lee en la nota sobre Nechaev: "From the outset [Nechaev] was guided in his revolutionary activity by the Jesuit slogan 'the end justifies the means', which lay the basis of his Catechism"). Pero también el viejo Bakunin predijo: "[Nechaev] ha de sacar de lo profundo de su ser toda su energía y su primitivo valor: ha de morir como un héroe".
Tal era la capacidad de persuasión de Nechaev que logró el favor de muchos de sus carceleros, los que fueron severamente castigados por ayudarlo. A fines de 1880 se le presentó la oportunidad de escapar, pero repudió la oferta para no interrumpir los planes contra Alejandro II, asesinado en enero de 1881. En castigo por su rebeldía le redujeron la escasa ración de alimentos que le daban, y murió de escorbuto el 21 de noviembre de 1882, el mismo día que él había asesinado a Ivanov —algunos pensaron, por la coincidencia, que se había suicidado como para confirmar con su muerte los métodos violentos que predicaba. De Nechaev se puede decir, como de todo fanático obsesivo de su especie, lo que se afirmó de Lenin: "Era un revolucionario las veinticuatro horas del día, y al dormir, soñaba con la revolución".
En lo que pudo escribir Nechaev en sus últimos meses, aun después de subir al trono Alejandro III, en abril de 1881, se descubren los planes que tenía una vez derrotada la autocracia zarista; en uno de esos documentos se lee anunciando las tiranías totalitarias, la "dictadura del proletariado" del marxismo-leninismo: "Se implantará el poder soberano de una dictadura revolucionaria para la derrota definitiva del yugo imperial hasta la completa emancipación del pueblo. La dictadura tendrá un solo fin: el triunfo de la revolución sobre el despotismo. La dictadura ha de perseguir ese fin por todos los caminos y con todos los medios, sin tener escrúpulo al escoger los medios, no deteniéndose por el número de personas que haya que sacrificar para lograr su fin..."
*

Nechaev no murió en la cárcel Petropawlouski. Entre otros lugares, se le vio, de nuevo visionario, cruel e inhumano, y, como siempre, con ropaje de redentor, en la Alemania de Hitler, en la Rusia de Stalin y en la Cambodia de Pol Pot; y en Irak, en Bolivia y en Oklahoma. Hay que acabar con todos los Nechaevs, pero para ello, además de por elemental espíritu de justicia, a fin de restarle disculpa a sus impulsos criminales, aunque no siempre asegure su desaparición, se debe seguir el consejo de Martí: "Al anarquista, que es la hoja del árbol, no hay que estirparlo, porque las hojas vuelven a salir, sino a la raíz del anarquismo, que es el abuso insoportable de los privilegios injustos".





'EL CATECISMO DEL REVOLUCIONARIO'







Carlos Ripoll














Nueva York
Editorial Dos Ríos
1997





"El catecismo del revolucionario", por Carlos Ripoll, publicado por vez primera en el Diario las Américas (Miami, Florida) los días 3 y 10 de agosto de 1997, es un capítulo del libro en preparación Páginas Cubanas, de Historia, Política y Literatura, de esta Editorial Dos Ríos.






Library of Congress Catalog Card Number: 96-61750






Cubierta: Fotografía de Sergei Nechaev (1847-1882) en
una composición con la de algunos de sus discípulos; desde arriba, a la izquierda: Lenin, Trotsky, Stalin, Hitler, Mao Tse-tung, Pol Pot, Fidel Castro y Ernesto Che Guevara.

Cubierta posterior: Cartel de propaganda soviético, de 1918, recordando los abusos del zarismo, en el que aparece "El zar, el religioso y el rico sobre los hombros del pueblo trabajador".








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