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EL PRINCIPE NEGRO


Una luz, muy difusa, pero ante todo podía ver una luz, me sorprendió. Era incapaz de darme cuenta del tiempo que permanecí a oscuras dentro del Príncipe Negro, pero ahora tenía la oportunidad de auscultar el verdadero aspecto de esta antesala del purgatorio.

Los roedores escaparon por debajo de la puerta de hierro inmediatamente al aparecer la luz dejando la huella de sus pisadas en el suelo. Las huella sobre el polvoriento suelo asemejaban las dejadas por un conejo al caminar sobre la nieve. De inmediato me di cuenta que la caja de la luz estaba bien empotrada en la pared, casi a la misma altura de mis ojos. Era un típico artilugio carcelario cubierto de forma que evitara que cualquier persona desesperada intentaran cortarse las venas con los fragmentos de cristal obtenidos al romper la bombilla.

Dado que no sabía por cuanto tiempo me mantendrían iluminado aquel funesto lugar, me puse inmediatamente a prepararme para cuando volviera la oscuridad. La celda medía seis pies de ancho por otros tantos de largo (como 1,8 metros por 1,8 metros). Por el techo pasaba una viga de hormigón colocada en ángulo invertido de forma que impedía caminar de un lado a otro de la celda. Los comunistas sabían muy bien lo que significaba para la salud de un preso el poder realizar al menos un pequeño ejercicio, pero se aseguraron de que todo dentro del Príncipe Negro impidiera tener en su sitio el cuerpo, la mente o el espíritu. En la parte baja del habitáculo, empotrada en la pared, se encontraba una salida metálica de ventilación hecha de hierro forjado. No tenía ventana alguna, no existía mobiliario alguno, inodoro… ni siquiera un camastro como en las otras celdas del edificio principal. Las paredes estaban cubiertas de un cemento muy áspero, puesto de tal manera que mostraba salientes punzantes como puntas de alfileres con el fin de que no se pudieran recostar los presos sobre el mismo y poder descansar algo. Las paredes y el techo estaban pintadas con un esmalte negro salpicado de pequeñas manchas fosforecentes de diferentes colores cómo, el rojo, amarillo, azul, blanco, violeta y verde.         

Aparte de la rata que me encontré a mi llegada, me di cuenta de que aquel escondrijo era un tesoro de la naturaleza. Se encontraban cucarachas, chinches, hormigas y una gran variedad de otros insectos que estaban en un continuo baile sin preocuparle lo que pasaba a su alrededor. Lo que pasaba en aquel lugar no les importaba a aquellos insectos la más mínimo, no mostraban miedo o temor a cosa alguna. Me causó risa ver el contraste entre ellos y yo, siendo ambos huéspedes del Príncipe Negro, los insectos escogieron estar allí dada la completa libertad de que disfrutaban, al contrario de mi caso dado que me encontraba en ese totalmente contra mi voluntad al tiempo que no podía salir de él de forma alguna. Al menos estas pequeñas bestias podrían ser una de compañía si la situación se volvía muy monótona.

Como única prenda tenía mis calzoncillos de algodón, una pequeña jarra de aluminio con algo de agua y un pañuelo. La jarra era un regalo de mi querida prima Mary, el pañuelo me lo dio Tío y estaba hecho de hilo blanco de Bélgica bordado a mano. Sin duda alguna había sido un regalo que le habían hecho a mi apreciado tío por alguno de sus numerosos amigos cuando era el Presidente de Cuba desde 1944 a 1948. El pañuelo se encontraba ahora con un color gris debido a la suciedad al tiempo que mostraba numerosos agujeros hechos por los insectos de la cárcel.

Me quedé pretrificado al notar la inexistencia de un inodoro, no existía siquiera un desagúe en el suelo como en las otras celdas. Estaba apesadumbrado al ver que me dejaban sin los elementos sanitarios básicos. Sin lugar a dudas de este sitio no se salía vivo ya que si alguien hubiera podido abandonar este lugar lo hubiera hecho saber a la humanidad protestando de lo que se pasaba en él. Por ahora todo lo que podía hacer era ver como apañármelas, para ellos empecé derramando un poco de agua en cada esquina, gracia a lo cual averigué que el agua corría hacia el centro desde tres de las esquina y hacia la pared en la cuarta esquina. Por ello decidí que la cuarta esquina sería el servicio sanitario y mantener la jarra de agua en la esquina contraria al tiempo que colocaba mi pañuelo sobre la misma a fin de proteger el agua de los insectos y roedores con quien compartía la celda.

Pronto me percaté de unos agujeros en la pared del tamaño de una moneda de veinticinco centavos. Estaban situados a una altura de tres pulgadas del suelo ( uno siete centímetros), separados entre sí unas nueve pulgadas (unos veinte centímetros) a lo largo de todas las paredes de la celda. Al introducir con curiosidad mis dedos dentro de estos agujeros me di cuenta de que lo que palpaba era la malla de unos micrófonos empotrados en la pared. No había forma de poder sacar afuera uno solo de estos micrófonos. Me puse a cabilar para que servían. Dado que el silencio era la herramienta usada por el G-2 para acabar con mi forma de ser en la celda 26, posiblemente el ruido sería la herramienta que usarían aquí con mi persona.

La puerta era una versión más pequeña que las puertas de hierro usadas en el edificio principal. Estaba pintada de rojo lo que la hacía resaltar de las paredes. Existía un pequeño agujero en la puerta algo menor que una moneda de diez centavos, por este pequeño agujero se filtraba un rayo de luz cuando encendían alguna en el exterior. Pegando en ojo al mismo podía ver algo de lo que pasaba afuera, por ello tenía que poner empeño en no descubrir este agujero a fin de evitar que mis captores lo taparan quitándome mi única posible fuente de información del exterior durante mi estancia en el Príncipe Negro.

Dado que se me negaban lo medios para cubrir mis necesidades más perentorias y no tenía ni la menor idea de cuanto tiempo permanecería en este inmisericorde pequeño lugar, decidí tomar las medidas para lograr el mejor aprovechamiento de mis fuerzas para afrontar todo lo que me pudiera caer encima. Mirando hacia el cielo le prometí a Dios que si me ayudaba a sobrevivir al Príncipe Negro, yo recobraría las fuerzas necesarias para combatir la maldad de los guardianes de este miserable antesala del infierno. Cuando terminé mi oración, me di cuenta de lo agotado que me encontraba por lo que decidí descansar algo antes de que el G-2 volviera a la carga. Para poder descansar algo me acurruqué en el suelo al lado de mi jarra de aluminio. Tal como marchaban las cosas en este lugar era normal que los guardas volvieran con sus interrogatorios, razón de más para que mantuviera una mente descansada para que me sirviera como la única arma de que disponía en la guerra mental que librábamos los comunistas y yo.

No tardó mucho en reanudarse el combate con los guardas apagando y encendiendo las luces cada dos por tres, dándole a ratos a las misma efectos especiales, otras veces dejándoles apagadas durante horas. Inmediatamente que se preducía un apagon me desplazaba hacia mi esquina donde esperaba a que las encendieran de nuevo. No podía ser tan tonto de tirarme en el suelo pidiendo clemencia, cómo tampoca podía arriesgarme a sufrir daño alguno moviéndome violéntamente dentro de la celda para protestar del trato recibido. Tampoco podía vencer el plan de los carceleros permaneciendo tranquilo y reposado.

Por toda vestimenta tenía unos calzoncillos, ni un traje de faena, sólo unos calzoncillos. De la humedad del suelo sólo estaba aislado por una gruesa capa de polvo. Aunque aquellas bestias esperaban humillar a las personas con la suciedad que se producía, no me mostré disminuido por esta conducta, no era mi forma de ser. Al contrario, me encontraba enfurecido por no permitírseme limpiarme el cuerpo o mis calzoncillos, siempre había presumido de mi aspecto exterior, por lo que sabía muy bien que el aspecto deprimente que presentaba no era culpa mía.

Al poco tiempo de permanecer en aquel agujero infernal me sometieron a la "tortura de la temperatura". Empezaban bombenado aire caliente por el agujero de ventilación hasta que el ambiente se volvía irrespirable, sudaba copiosamente entrándome un escozor a lo largo de todo el cuerpo por este sudor. La sed me secaba la garganta al tiempo que experimentaba un malestar general en todo el cuerpo. De repente cambiaban a un frío intenso que me hacía temblar todo el cuerpo al tiempo que estaba sentado sobre el gélido y áspero suelo. Los huesos me dolían emormemente a causa del intenso frío y en los dedos de los pies sentía dolorosas punzadas por la casi congelación de los mismo. A las diversas plagas que abundaban en la celda no les disgustaba el calor, pero tan pronto conectaban el frío se perdían de vista.

Por supuesto tenían un amplio repertorio de torturas que me aplicaban. Un tipo específico era copia del famoso tormento chino de la gota de agua sobre la cabeza. La versión del G-2 consistía en reproducir repetidas veces una cinta magnetofónica por medio de los altavoces incrustados en la pared. Pasaban el sonido de un altavoz al siguiente alrededor de la celda con el fin de que yo no pudieran bloquear el ruido y al mismo tiempo desorientar mi sentido de la procedencia de los sonidos. Repetían incesantemente el mismo ruido sin cansarse de ello. En algún momento me transmitían absurda propaganda comunista, otras veces tal como hace un disco rayado repetían me nombre sin parar. " Mongo… Mongo… Mongo… Mongo… Mongo…" Aunque esta reiteración casi llega a doblarme, no me pudo vencer.

Aunque inesperado, unos pocos de los guardas parecían amables conmigo. Alguna vez abrían la ventanilla de la puerta para hablarme. Hay uno del que especialmente me acuerdo, era un hombre de gruesa cara y de raza negra al que le faltaba un dedo de la mano. Cuando habría la ventanilla tomaba la precaución de observar para que no le vieran antes de decirme, "No se preocupe, usted saldrá de todo esto". El saber que había algo de humanidad dentro de unos cuantos guardas me ayudó afrontar los peligros del Príncipe Negro.

Una mañana al menos yo creía que era por la mañana, pero quién en el mundo podía distinguir el día de la noche encontrándose dentro de aquel agujero infernal a diez pies (tres metros aproximadamente) de profundidad. Un día me sirvieron una comida mut extraña consistente en azúcar prieta y un panecillo con mayonesa. Me puse tan contento al tener de comida algo diferente que la harina de maiz de todos los días que no me paré en pensar en el tratamiento que me estaban dando y me tragué aquello. Con el estómago lleno me puse a dormir una breve siesta. Me sorprendió lo rápido que me recosté en el suelo.

Cuando me desperté tenía la sensación de que mis pies y manos estaban pegado al suelo. Por mucho que lo intentara no podía moverme. Mientras permanecía paralizado me pareció ver a una persona vestida de vaporoso blanco moverse alrederdor de la celda repitiendo mi nombre a intervalos de pocos segundos para al final desparecer colándose por la pared. Dentro de mi pensé que aquello era imposible que sucediera, pero me encontraba imposibilitado de que las visiones se acabaran. Vi mi automóvil con su chófer, la casa de la playa de Varadero y los cabarets de La Habana. En las paredes podía distinguir las caras de mis familiares, riendo al tiempo que me hablaban, visiones calcidoscópicas se proyectaban sobre las paredes de aquella cobacha mientras trataba en vano de recuperar el dominio de mi mente. Me daba cuenta de que había sido drogado. Los del G-2 sabían que hacía mucho tiempo que yo no había probado la mayonesa por lo que no notaría cambio alguno en su sabor, especialmente si la atiborraban con drogas alucinógenas. La siguiente vez que me sirvieron este delicado manjar sólo me comí la corteza del pan y metí el resto impregnado de mayonesa por debajo de la puerta. No me volvieron a servir nuevamente esta ambrosía especial.

En numerosas ocasiones los comunistas me torturaron aplicando muchos trucos a mi vista. Apagaban la luz, para al rato encenderla de nuevo. Los brillantes puntos de colores de las paredes eran fosforescentes y resplandecían en la oscuridad. Por ello una vez que la pintura absorbía la luz, al apagarla veía cosas muy raras en la pared. Frecuentemente ese juego de luces me dejaba alucinado viendo imágenes tenebrosas, pero siempre logré recuperame para mantenerme en mis trece… no podía dejar que mis torturadores volvieran mi mente contra mí.

No hace falta decir que en poco tiempo me llené de suciedad al no poder limpiarme, los poros de mi piel al cerrarse hicieron que la misma se irritara, agrietara y salieran erupciones. De inmediato mi piel se irritó y dolía de las infecciones que sufría por lo que me entró la obsesión de bañarme. Aparte de la pestilencia propia de aquel habitáculo, podía sentir el mal olor de mi piel descomponiéndose por la pus. Los mismo guardas se cubrían la nariz siempre que se me acercaban, con el fin de evitar el hedor que desprendía.

Llegó un momento en que al fin un capitán me ofreció la oportunidad de bañarme, oportunidad que acepté en el acto. Me sacaron del Príncipe Negro, doblamos por una esquina a la derecha y luego a la derecha de nuevo en una segunda esquina. Al fin de este recorrido estaban un inodoro y la base de una ducha con una base de tosco cemento. La ducha consistía en un tubo de hierro que salía de la pared. Al lado un fragmento de un espejo colgado de un clavo sobre la pared. Cuando pasé por el fragmento de espejo me miré y quedé conmocionado por el aspecto que ofrecía de un hombre avejentado tal como describían al que estaba en el castillo D If en la novela del Condo de Monte Cristo. Encontré una pastilla de jabón del tamaño y grueso de una cuchilla de afeitar en una esquina de la ducha, aunque era poco le di gracia a Dios por ello. Al menos era algo que me podía ser de ayuda. Cuando abrí la llave del agua, del tubo de la ducha solo salieron unas pocas gotas de agua. Esto era hecho a propósito por los comunistas ya que era de efecto demoledor sobre la persona a quien se le prometía ducharse el hacerle esta jugarreta. Pero para mi este poco de agua era mejor que no tenerla y pude limpiarme la cara lo mejor que pude. Cuando volví por cerca del capitán, este me preguntó que tal había estado la ducha.

" Oh, gracias capitán", gesticulé. " Me he dado un magnífico baño". La malévola sonrisa se le borró de la cara.

Me volvieron a meter en el Príncipe Negro, al día siguiente estaba tan sucio como antes despidiendo un fétido olor. Cuando pasó un poco más de tiempo me llevaron a la pequeña habitación de interrogatorios dentro del pasadizo subterráneo donde se me volvió a preguntar si por fin firmaba los papeles o no.

" Sabe usted", dije mirando directo a los ojos del teniente. " Si me hubieran tratado bien, a lo mejor los hubiera firmado, pero después de haberme tirado en este infierno, jamás los firmaré. Ya me pueden sacar y fusilarme". Los carceleros no estaban dispuesto a facilitarme una salida rápida y me metieron de nuevo en el Príncipe Negro para ver si lograban cambiarme la mente.

Jamás en mi vida me había sentido una soledad tan grande como la que experimentaba entre aquellas paredes del Príncipe Negro. Según pasaba el tiempo me desesperaba más, pero determiné ser más firme frente a Castro y no permitir que me debilitara. Hubo momentos cuando me encontraba sumido en la oscuridad que esta podía conmigo, era en esos momentos cuando yo le rezaba más a Dios pidiéndole que me ayudara a pasar esa dura prueba.

Durante unos de estos juegos luminosos del G-2, en medio de la más absoluta oscuridad por alguna razón sentí ganas de cantar un fragmento de la zarzuela española Luisa Fernanda. Al mirar aquellas paredes me vino el recuerdo de las sombrillas y parasoles del coro de jóvenes bailando al unísono. Al poco rato al escuchar aquello de, "A la sombra de una sombrilla…" un oficial abrió la ventanilla de la puerta preguntó que como me encontraba.

"Ah, bien, gracias", le contesté alegremente.
"Pero está cantando", inquirió.
"Si, ya lo se", le respondí. "Espero que no le moleste. Ya se que no soy Caruso". Sabía que el oficial estaba preocupado sobre si yo me había vuelto loco, ya que de esa forma no les sería de utilidad al G-2. Pero aquel pobre diablo no me podía decir otra cosa al haber micrófonos a lo largo y ancho de la celda y no se podía mostrar preocupado por mí. Me sacó de la celda durante unos pocos minutos al tiempo que por primera vez me dejaba a mí llenar mi jarra de agua.

"Senor Grau, ¿seguro qué se encuentra bien?", preguntó mientras el agua llenaba mi jarra.

"Si, si, esoy bien", enfaticé. Hay algún problema, ¿es qué no se me permite cantar dentro de la prisión?"

"No, es que…" decía sin poder sacarse las palabras de la boca mientras me escoltaba de vuelta a la celda, "…no suele pasar. No hemos tenido a persona alguna que cantara dentro del Príncipe Negro… especialmente una melodía alegre…no es un lugar agradable.

"Usted verá", le aseguré, "este lugar no fue puesto aquí por cubanos. Ha sido traido de fuera de Cuba…puede que del mismo infierno. Yo se que usted es cubano y no puede dormir por la noche ya que se siente culpable de que un compatriota suyo esté ahí tanto tiempo". Observé como se le encandilaban los ojos. "Usted verá, mi amigo", continué, "yo quiero que usted pueda dormir por la noche ya que yo puedo dormir aquí por la noche dentro de este hueco y no quiero que usted pierda su sueño pensando en mí".

Unos días después me llevaron para entrevistrame con mi abogado Francisco Condom. El guarda me metió en un cuarto de interrogatorios dejando la puerta abierta mientras esperaba la llegada de mi abogado. De reprente otro preso fue empujado dentro de aquella habitación, aquel hombre se separó con mirada de asco de mí.

"Orlando de Cárdenas", le llamé al reconocerlo.
"Dios mío, Mongo", de reprente me reconoció. "¿ Comó estás ?"
"Estoy bien, no hables más ", le advertí mientras se lo llevaban de la habitación. Unos minutos después entró un teniente y me preguntó si yo conocía a aquel hombre.

" Si ", contesté con un monosílabo. " Pero ustedes se equivocaron al arrestarlo. El está aquí por que ustedes encontraron su nombre en mi liberta de teléfonos. Tan solo es un amigo mio. Les aseguro que no sabe cosa alguna de mis actividades". El teniente me miró antes de salir de la habitación. Unos minutos más tarde entró Condom, a quien noté cómo se hechaba para atrás, como si recibera un mazazo. Se llevó sus manos a la boca para evitar vomitar por culpa de mi hedor, al mismo tiempo llamó al guarda.

"Guarda, guarda", gritó. " Se han equivocado de hombre. Yo estoy aquí para ver a Ramón Grau Alsina". Me di cuenta en el acto que a un amigo cercano le era imposible reconocerme.

"Francisco", grité. "Soy Mongo". La cara de Condom se retorció de dolor al darse cuenta de que era yo. Sus ojos se llenaron de tristeza y sus hombros se encogieron mientras se sentaba en la silla sin poder quitar la vista de aquel guiñapo mal oliente que tenía enfrente.

" Mongo", medio susurró. "¿ Qué te han hecho? Dios mío. ¿ Cómo han podido hacer esto?"

"Amigo mío, no te puedo contestar esa pregunta", le respondí mientras me sentaba en el suelo. No me quería sentar en la silla para evitar que alguien tuviera la mala suerte de sentarse en ella antes de que la limpiaran.

"Ahora entiendo el por qué me han traído aquí a verte", manifestó Condom. "Quieren que le diga a tu tío el estado en que te encuentras. ¿ Pero por qué? ¿ Qué les puedo decir yo? ¿ Por qué molestarlo?"

"No le debes comentar cosa alguna de este entrevista", le rogué. " No hace caso el preocuparlo.. no hay nada que pueda hacer por mí."

Sabía que Castro estaba tratando de extorsionar a mí tío, por ello creía que si Condom le decía algo a Tío sobre mi estado físico, Tío trataría que sus amigos recolectaran dinero. Pero esto podría destruir a la familia Grau debido a que los comunistas estaban corriendo la especie de que mi familia tenía millones de dólares escondidos en el extranjero producto de robos al tesoro nacional cuando Tío era el presidente. Si Tío hubiera pagado un rescate por Pola o por mí, los cubanos le hubieran creido los rumores y el buen nombre y el honor hubiera sido dañado, al tiempo que destruía a los Grau políticamente.

Yo no le podía trasmitir estos sentimientos a Condom ya que sabía que los carceleros estaban escuchando. Al contrario, lo guardé durante más de veinte años en que un oficial militar cubano me entrevistó en Miami al preguntame qué fue lo que más temí mientras estaba en prisión. Le dije que era el que Castro nos hubiera dado a Pola y a mi cien dólares y nos hubiera subido a un avión con destino a Miami. De esta forma aunque Tío no hubiera pagado jamás un centavo, no habría quien nos creyera, rompiendo con ello a nuestra familia.

Afortunadamente el odio contra los Grau de los comunistas era mayor que su capacidad de pensar. Estaban tan empecinados en doblegarme que no cayeron en este simple razonamiento y por tanto fracasaron en su intento de acabar con nosotros.

"Francisco, Francisco los comunistas se han dado cuenta de que no nos pueden doblegar a Pola y a mi con todo lo que han hecho hasta ahora", le expliqué. "Dado que la tortura no les da resultado alguno, tienen que tratar de desacreditar a Tío para volver a las personas contra los Grau. Tratarán de tomar ventaja con la edad y enfermedad de Tío para jugar con sus sentimientos. No quiero que él esté sujeto a eso".

"No le diré a tu tío cosa alguna", se puso de acuerdo Condom. "Escucha Mongo", me susurró inclinándose sobre mí, seguramente estaría al tanto de los micrófonos ocultos que nos escuchaban. "He estado preguntando por ahí ¿Sabes qué lugar es este? Aquí es a donde traen a la gente para en un esfuerzo final sacarles toda la información que puedan antes de llevarlos al paredón y fusilarlos con lo que los callan para siempre. Muchos ni siquiera sobreviven a este sitio. Tengo miedo de lo que te pueda pasar".

No te preocupes Francisco, lo tranquilicé. "Aún no me han podido sacar cosa alguna y sigo vivo".

"Si, pronto no tendrán otra alternativa que renunciar a ello y enviarte a La Cabaña. Rezaré por esto", me dijo Condom, sin saber que su ruegos sólo eran para trasladarme de un infierno a otro infierno.




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