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«Ignacio Agramonte»
Por Manuel Sanguily
Es muy difícil condensar en una página, ni aún en muchas, la personalidad de
Ignacio Agramonte. Y su acción revolucionaria, como político y como guerrero.
Nada requería tan gran esfuerzo de imaginación y de exposición como
presentarlo tal como fué, tal como fué modificándose, al través de las
vicisitudes y peligros, en su ascensión continua hacia la perfección moral y
patriótica que llegó a realizar en los momentos de desaparecer para siempre.
Los contemporáneos nuestros, la generación actual, necesitaría darse cuenta,
siquiera aproximada, del medio aquel, de aquellas circunstancias excepcionales
en que tuvo que ejercitar sus facultades excelsas, en beneficio de la
revolución y en pro de la independencia nacional; y eso no es posible ahora
que han cambiado tanto las condiciones del país cubano .
De él apenas si queda, en la rutinaria reverencia pública, un nombre egregio y
más o menos vano, junto con el fragmentario recuerdo de hazañas imprecisas. Es
pues, necesario esperar a que se escriba la historia de su breve y luminosa
vida, que sería tan útil en lo futuro como ejemplo inmaculado de civismo y de
grandeza moral, en tanto grado como lo fué realmente en períodos tempestuosos
de gloria y abnegación, de lucha incesante y heroica. Quien pudo y se propuso
componerla,-- un escritor generoso, enamorado de aquella gloria que
consideraba suprema en nuestros anales tan fecundos en grandiosas proezas y
caracteres sublimes,-- cayó en el camino dejando incompleta la que hubiera
sido magnífica obra de su noble corazón y de su brillante talento. Porque
Agramonte merece en realidad un monumento. No se comete injusticia. ni se
incurre en exageración, declarando que es uno de los cubanos rnás dignos de la
eterna consagración del arte y de la historia, pues que fué grande por el
patriotismo, grande por la inteligencia, la aplicación, y aún la palabra,--
grande por el carácter, por la energía, por la firmeza de propósitos, por la
entereza y la resolución,-- grande por el valor, por el arrojo, por el
desprecio de la vida,--grande, sobre todo por la virtud.
Fué amigo tierno y leal, buen hijo, buen hermano. buen padre, esposo modelo,
dechado de ciudadanos, de caballeros, de patriotas,--un hombre impecable y, en
cuanto lo consiente la flaqueza ingénita de nuestra pobre humanidad, un ser
perfecto,--fogoso y apasionado como Bolívar, grave, puro, austero como
Washington! Fué por lo mismo, sabio en el consejo, pronto en la acometida,
prudente y acertado en el mando elocuente en las asambleas, terrible en los
cormbates,--inflexible contra el desorden,--cariñoso y bueno en sus íntimos
afectos, como si el destino hubiese querido completar a aquellos dos héroes
del Sur y del Norte, en la persona inmensa del cubano, haciéndolo más
respetuoso de las leyes y de la moral que el uno, y menos marmóreo y glacial
que el otro,--es decir, más humano, sin dejar de ser de la misma especie cuasi
divina que sus dos gigantescos émulos; aunque por su desventura y la nuestra,
si tuvo la gloria de morir en un campo de batalla por la independencia de su
patría, que los otros próceres no tuvieron, ellos en cambio viven en la
fulgencia de apoteosis eterna, consagrados por la victoria que no quiso ungir
al que acaso menos mereció sus desdenes ...
En la estatua del héroe que se alza en una plaza de su ciudad natal, y que
desde luego reproduce inexactamente su rostro tan bello y atractivo en que un
americano que le vió una vez durante la guerra quiso hallar algún parecido con
el apóstol San Juan, se yergue sobre su corcel de guerra, como si quisiera
recordarse siempre que fué, en aquellos llanos del Camagúey el jefe de sus
arrebatados centauros; y casi nadie ha dejado de oir en Cuba el famoso
episodio en que en carga incontrastable, con un puñado, con treinticuatro
jinetes dignos de la inmortalidad de la fama, arrebató a columna enemiga al
amigo querido acabado de caer prisionero... Aquel fué un acontecimiento en la
guerra: encendió las almas en la fe e hizo sonreir la esperanza como un iris
sobre los sombríos campamentos cubanos; pero más grande aún fué por noble, por
generoso, por sublime de desinterés y de fraternidad, el impulso que dictó y
realizó la grande hazaña, ante la cual se apagan como lumbres de luna en la
irradiación del sol, tantos portentos que no merecen como ese la exaltación
fantástica de la leyenda.
El "Rescate" aparecerá siempre como portento de grandioso heroísmo en las
luchas cubanas; pero será, por encima de todo, el fiel espejo que habrá de
reflejar constantemente la grande alma de Ignacio Agramonte, en que se
armonizaron todas las excelencías del alma de Cuba.
Agosto de 1917.
"Nobles Memorias"
Por Manuel Sanguily

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